domingo, 27 de septiembre de 2009

EL SEÑOR KORDURAS Y SU TIEMPO (1990). CAPÍTULO 4


IV.- DE CÓMO FUE DESINFECTADO EL COCHE OFICIAL DEL SEÑOR MAGISTRADO ADURASPENAS, DEL FAMOSO PROCESO DE LAS EXCRECIONES DE PAQUIDERMOS Y DE LA NUEVA RESIDENCIA DEL HINDÚ SABÚ.
A raíz de este suceso, la Audiencia Provincial emitió una discutida sentencia, a la sazón, por la demanda presentada por un ciudadano al haberle sido retirado su vehículo de la acera pública por un grupo que el Señor Magistrado de la Audiencia denominó “incontrolados”. No consiguió éste, como hubiese deseado, apreciar robo, ni hurto, ni tan siquiera utilización ilegítima de vehículo de motor –pues lógicamente, éste no había sido utilizado ni legítima ni ilegítimamente-.
Sin embargo sí fue apreciado por la magistratura que “dada la costumbre de aparcar tales vehículos dotados de motor y de un volumen considerable para realizar el traslado humano por carga”, no podía entenderse que éstos fuesen objetos abandonados, ni perdidos. Y que “cualquier retirada de éstos sin permiso del dueño, o sin ser decidida por la Autoridad Competente, si bien de tal hecho no puede deducirse una conducta delictiva, si puede considerarse como una acción contra el orden público y las buenas costumbres, y como tal sancionable” y bla, bla, bla.”
El señor Korduras convocó a la Sociedad de manera urgente. No podía ser tolerada tal insolencia, que el poder se acogiera a formas arbitrarias, conceptos tan etéreos –orden público, buenas costumbres, juego peligroso, peritajes insolventes–, para enmendar la plana a la Sociedad. Es más ¿Acaso era buena costumbre colocar un automóvil en plena acera? ¿Era eso Orden Público? ¿U Orden Púdico? ¿Orden Pudiente, quizá?
Tras los acuerdos tomados por la Sociedad, dos semanas más tarde, el señor Korduras y el señor Fernández viajaron a la costa para recoger un cargamento venido de la India, enviado por conocidos del señor Agudo es tan misteriosos y calenturientos lugares.
El señor Korduras y el señor Fernández alquilaron un camión con chófer incluido para transportar al pequeño Sabú a su nuevo destino. Era Sabú una preciosidad de elefante indio de seis toneladas y de color gris pálido, con colmillos adornados a la manera del Godavari y un precioso velo de seda azul tormentoso ajustado a su frente con collarines de perlas de las Lacdivas.
Toda la Sociedad se reunió en la Plaza de la Catedral, a dos pasos del Ayuntamiento para recibir a Sabú. Para sus desplazamientos urbanos se había preparado una gran plataforma a motor, como exigía la sentencia. El joven Sabú, algo asustado, pero ante todo sumiso, subió a la plataforma entre los aplausos y vivas de los miembros y los rostros atónitos del respetable, que no tenía noticia, como era de esperar, de que circo alguno hubiese llegado a la ciudad.
De esta manera, los señores Korduras, Agudo, Fernández, Cabales y Ensuhuicio, así como algunos pequeños cuyas madres a aquellos confiaron su custodia, subieron a la plataforma junto a Sabú, y Korduras a la cabina que tenía el animal sobre su lomo. El chófer se prestó divertido a manejar la plataforma, que se dirigió a la Plaza del Ayuntamiento en primer lugar, donde Sabú vitoreó al alcalde a base de bramidos y resoplidos, y posteriormente fue conducido a las puertas de la Audiencia, donde en lugar para ello habilitado y previa extracción del permiso de estacionamiento en el expendedor de tickets más cercano, Sabú quedó aparcado para desesperación de la Presidencia del Tribunal. Y dióse la casualidad de que tras Sabú se encontraba aparcado el automóvil oficial del ignominioso magistrado Aduraspenas, y el animalito, de manera tan natural, sintió la imperiosa necesidad de limpiar sus intestinos de tanta hierba ingerida durante el trayecto. El automóvil del Señor Presidente de la Audiencia quedó en estado
lamentable y fue la comidilla durante meses el esfuerzo sobrehumano que se hubo de hacer para que el vehículo recuperase su anterior aspecto, descartando que recobrase su anterior olor. Pues es sabido que la plasta de hierba digerida por los herbívoros puede poseer un olor profundo –dadas las repetidas digestiones que realizan– a lo que hubo que añadir que el pobre Sabú andaba con las tripas algo revueltas por el trajín del viaje en barco. Sus excreciones resultaron, para más inri, disolutas y chorreantes, perdiendo la natural textura compacta que éstas suelen tener.
Por supuesto, la reacción no se hizo esperar. El aparente responsable del elefante, fue llamado por el tribunal para mostrar el título de propiedad (o arrendamiento del paquidermo) y el certificado de residencia de éste. Curiosamente poseía el Señor Korduras el Título Oficial de Domadores de Circo en su Rama de Animales Voluminosos, el certificado de vacunas veterinarias exigidas por los Tratados Internacionales de desplazamiento de paquidermos y el título de adopción del animalito. Claro está, los jueces no se atrevieron a dudar a la veracidad del título, ya fuera por ser el membrete el propio de la Universidad de Cambridge, ya porque una investigación acerca de la certeza del diploma retrasase la búsqueda de un culpable. Culpable que debía ser sancionado con el mayor rigor, sujeto de un castigo ejemplar. “Por que nadie, ni siquiera un elefante, puede defecar sobre los vehículos de la justicia, sobre el Sumo Poder que vela por los generales intereses, que imparte lo que es justo y lo que es injusto, que es garantía de la democracia de cada día”. Estas y otras muchas gaitas dijo el Señor Aduraspenas –Presidente de la Audiencia y víctima excremental– a un periódico local, denominando atentado premeditado al suceso, terrorista sin escrúpulos al señor Korduras y banda de mafiosos y viles sujetos organizados a la Sociedad. Y en su delirio afirmó que de no haberle sido vetado el caso –ya que la ley le impedía participar al ser parte directamente implicada– habría aplicado en toda su extensión la Ley Antiterrorista.

Aduraspenas sabía bien que sólo podría ser apreciada cierta responsabilidad objetiva en el comportamiento de Korduras. De todas maneras, y en previsión de males mayores, don Juan Luis fue alojado en la dependencias del Psiquiátrico por orden del magistrado suplente.
Se basó el abogado acusador en la infracción de la doctrina del Tribunal, pues se contravenía con el acto lo anteriormente por éste sostenido (y por el propio Aduraspenas dictado). Argumentó el fiscal que si se eximía de responsabilidad al señor Korduras, dada la premeditación de su conducta, quedaría impune un acto en detrimento de la sacralidad de los tribunales. Así como la Audiencia condenó a unos degenerados que se dedicaron a estampar globos llenos de pintura en las fachadas de los juzgados, debía ser condenado el señor Korduras por estampar excrementos en los vehículos oficiales, que no son sino una extensión de la justicia para el transporte de sus agentes.
El señor Ensuhuicio, abogado defensor de don Juan Luis Korduras destrozó la acusación del señor Aduraspenas, y demostró que en ningún momento el señor Korduras infringió la ley, sino todo lo
contrario, que la observó, y no sólo ésta, si no también la jurisprudencia del tribunal. Pues como éste consideró era acción que seguía el orden público y las buenas constumbres no impedir el aparcamiento del vehículos de considerable volumen y aptos para el traslado humano, entre los cuáles habría de incluirse el “elefante sobre plataforma”. Es más, debía entenderse que el excremento del animal se categorizaba en el mismo tipo jurídico que el humo y gas desprendido por un automóvil, pues no cabía hacer diferencia por su olor, textura y estado, más o menos sólido. Así, si no era sancionable la expulsión de gases por los vehículos hacia los que tras él se encuentren, por analogía, tampoco debía serlo la expulsión de sustancias de naturaleza distinta pero de idéntica procedencia. El magistrado suplente hubo de aceptar las tesis del Señor Ensuhuicio y exoneró al señor Korduras de toda responsabilidad, obligando previamente a la Sociedad, como empresa que adquirió el animal, a sufragar los gastos que ocasionaron la limpieza y desinfectación del coche del magistrado. Hubo Aduraspenas de tragarse la interminable serie de apelaciones allí y acullá. Korduras fue desalojado del Psiquiátrico en los subsiguientes días, siendo Sabú quien fue a recibirlo, realizando con posterioridad un monumental desfile por el centro de la ciudad en homenaje al acierto judicial, que rara vez solía darse. El pequeño elefante fue donado al zoológico provincial para diversión de los niños y los mayores, si bien queda constancia de que el señor Aduraspenas jamás acudió a dar golosinas al pobre animal, como si fuese culpable el bicho de cómo ha de regular su estómago.
El coche oficial del señor Magistrado aún rezuma a los aromas de la jungla india.

EL SEÑOR KORDURAS Y SU TIEMPO (1990). CAPÍTULO 5


V.- DE LAS EXCITACIONES DEL SEÑOR CABALES EN SU COMPRA DE ZAPATOS UN MES DE MAYO FLORIDO Y CONTENTO Y DE LA VISITA DE ESTE Y EL SEÑOR KORDURAS AL AMBULATORIO DE URGENCIAS MAS CERCANO.

Probablemente sea cierto que la primavera sobrexcita los comportamientos. Al menos ello entendió el señor Cabales aquel día de un mes de mayo florido y contento en su visita a unos grandes almacenes. Totalmente alterado, preocupado y sorprendido, telefoneó al señor Korduras a su bar habitual, donde solía desayunarse, acordando con él una cita urgente. El señor Korduras se dirigió al lugar convenido, intentando conciliar las circunstancias que habían conseguido alterar al señor Cabales. A él, tan frío cuando se ha de ser frío, que jamás perdía la serenidad.

Llegado don Juan Luis a los grandes almacenes donde se concertara la cita localizó al señor Cabales sentado en la sección de zapatería y siendo abanicado por la señorita dependienta. Parecía refugiarse en el sillón, sentado de lado, con cara de dolor y apretándose sus partes blandas. Korduras se precipitó hacia él inquiriéndole acerca de cuál era su mal. Pareció el señor Cabales ver a Dios, se levantó, y andando algo encogido, llevó al señor Korduras a una cafetería donde pidió una tila. Ingerida la tisana, comenzó a relatar al señor Korduras su angustia, aún jadeante:
- “No entiendo Juan Luis qué solución darle. Salí hoy de casa decidido a comprar unos zapatos y me dirigía a estos almacenes cercanos a mi calle. Llegado que fui a la sección de calzado, me fijé en la chica que me atendía. Ya pudiste ver qué moza, unos senos turgentes que se insinuaban entre su escote a cada movimiento, una cintura estrecha que daba paso y anunciaba sus caderas, rebosando sensualidad, y unas piernas, Juan Luis, qué piernas, tan desnudas, tan tersas, se sentía a distancia latir la sangre bajo esa piel. La falda apenas ocultaba nada, y yo, yo percibía cada vez que un muslo frotaba a otro. De pronto, cuando me probaba unos mocasines italianos, y a hurtadillas observaba –confieso- su trasero, sin descaro, me sobrevino un extraño ataque: se me hincharon las venas del cuello, un latigazo me recorrió, casi un estertor, y entonces comenzaron a hinchárseme otras partes más delicadas. Asombrado estoy, pues aunque no descarte el sexo, mi educación en los Padres Escolapios y mi posterior ejercicio del sacerdocio -hasta que la luz se hizo en mi mente– dejaron huella en mí, y aún cargo con el lastre del celibato que observé durante años, del cuál intento deshacerme no sin esforzado trabajo. Y es que uno aún está en la edad de querer una alegría para el cuerpo y hay apéndices que no se reprimen con sencillez.”

El señor Cabales pidió otra tila y desplazó ya la mano derecha de su entrepierna, palpando cuidadosamente hasta que punto se mantenía la alteración.
-Supongo –dijo Korduras– que esperas de mí un consejo...

- Por supuesto, querido amigo. Tan desvalido me he encontrado que a quién podía recurrir sino es a ti que para todo hallas respuesta conveniente.
- Al tratarse de un problema de índole física, colijo que lo más adecuado sería que un profesional en la materia tratase tan delicado tema.
Abonando las tilas del señor Cabales, dirigiéronse ambos el consultorio de urgencias más próximo. Personado allí, el señor Korduras se acercó a la ventanilla, metió decorosamente la cabeza y hablóle a la funcionaria:
- Perdone señorita, pero le traigo una urgencia.

- ¿Nombre?

- Perdone pero es una urgencia y...

- Nombre, por favor.

- Mire, el nombre no va a solucionar que...

- Si no me da su nombre no puedo atenderle.

- ¿Mi nombre?

- Por supuesto...

- Es que yo no soy el que...

- No me haga perder más el tiempo. Su nombre.

- Juan Luis Korduras.

- ¿Edad?

- Mire, que yo no...

- Edad, por favor.

- Cuarenta y ocho.

- ¿Dirección?

- Esto pasa de castaño oscuro, yo...

- Dirección, por favor.

- Buenaventura nueve.

- ¿De que se trata?

- Le repito que...

Korduras comenzaba a sublevarse, era intolerable tal altanería, tal prepotencia, tal petulancia, convencido de que la chica no entraría en razón, dado su cortedad de mollera, optó por la claudicación.
- ¿Cuál es la urgencia?

- Alteración en los genitales.

- ¿Inflamación?

- Exactamente: una potente inflamación.

- Siéntese y espere a que le avisen.

Korduras fue literalmente extraído de la ventanilla por un individuo que vociferaba algo referido a un brazo roto. Intentó Korduras recriminarle, mas hacía el energúmeno caso omiso y ametrallaba a la funcionaria con todos datos y filiaciones imaginables: nombre, edad, profesión,
domicilio conyugal, estado civil, nombre del padre, de la madre, de la suegra, segundas nupcias, número de identificación fiscal, de cartilla de la Seguridad Social, del seguro del coche, y otros muchos números que produjeron enorme placer a la funcionaria.
Con el ánimo soliviantado se sentó don Juan Luis junto a Cabales que, si bien ya no se retorcía, se le notaba en la cara un rictus de dolor y ansia, que no dejaba de alarmar al bueno de don Juan Luis.
Se les acercó en tal tesitura un muchacho bien trajeado, con pelo cortado a navaja, y profundos aromas a colonia y extrañas sustancias y le dijo:
- Oye ¿tienes un papel?

Echó mano Korduras a su inseparable carpeta, y hurgando en ella con su parsimonia habitual extrajo un papel tamaño folio que extendió cortésmente al joven, ignorando la falta de educación de éste. El muchacho mirando tal papel comenzó a reír y a agitarlo.

- Que no colega, que no es de éstos, de fumar colega, de fumar -y le pellizcó la mejilla.
Korduras se levantó irritado, gesticulando de manera que casi pierde la compostura. Y gritó de esta manera al chico, a pleno pulmón:

- ¡¡¡Oiga!!! No ejerzo profesión conocida, no tengo título ni graduación, con tal de no tener colega alguno.
El muchacho sorprendido, observó su alrededor. Toda la salita, respetando de pronto el silencio que los carteles recomendaban, le miraba atentamente. Sus pómulos se sonrosaron, deseaba que el terrazo se abriese para llevarle al sótano, que coincidiría probablemente con la sala de rayos X.
Don Juan Luis le arrancó el papel tamaño folio de las manos y siguió vociferándole:
- No sólo no muestra usted el respeto que todo ser humano merece al dirigirse a un congénere, si no que contraviniendo todas las reglas del lenguaje inteligible, me llama usted colega. ¡Colega!, como si proviniésemos de una misma Universidad, como si realizásemos un mismo trabajo, como si existiera entre usted y yo más relación que el formar parte de la misma especie.

Entró en aquel momento una enfermera en la salita que nombró a don Juan Luis. Este tomó al señor Cabales de la mano y se dirigió a ella.
- Perdone pero el enfermo...

- ¿Va a entrar usted con él? –dijo la chica dirigiéndose al señor Cabales.
- Por supuesto –respondió don Juan Luis- ¡es que soy yo quien va con él!
- A mí tanto me da. Síganme.

Recorriendo un buen trecho de hospital. Llegados que fueron a una puerta, que lógicamente portaba el cartel de “Urología”, les dijo la enfermera: “esperen aquí” y se marchó a cometer otros desaguisados en las distintas salas del hospital.

El señor Cabales se encontraba mucho mejor, podía al menos mantener una postura en ángulo recto con el suelo, y andar con facilidad. Optó Korduras por sentarse en la sillita de ruedas que se
encontraba junto al umbral, abatido por los anteriores acontecimientos.
Salió en aquel momento el médico y preguntó a D. Juan Luis, que plácidamente reposaba:
- ¿El Señor Korduras?
- Exactamente –Korduras respondía siempre a su nombre.

El médico tomó el manillar de la sillita y lo introdujo en la habitación.
- Usted espera aquí –dijo a Cabales, sin darle tiempo a ambos a reaccionar.
Una vez dentro se levantó Korduras e hizo además de explicar al médico la equivocación, aquel embrollo que amenazaba con complicarse.
- Pues no está usted tan mal Juan Luis, se levanta y todo –dijo el facultativo- ¿Cuál es la urgencia? ¿Qué síntomas tiene? ¿Dolor? ¿Sangre en la orina? ¿Ha tenido usted previamente cólicos nefríticos, ataques de próstata, infecciones urinarias? ¿Alguna gonorrea mal curada, pillín? Que uno no debe andar por ahí con el primer agujerito cachondo que se encuentra, que luego pasa lo que pasa... ¿Utiliza usted preservativo habitualmente? ¿Síntomas de chancro? ¿Condiloma? ¿Con qué regularidad orina usted? ¿Algún antecedente familiar? ¿Visita a su urólogo con frecuencia? ¿Mantiene coitos anales?
Korduras, vencido ante la avalancha de tremenda ignorancia técnificada que se le vino encima se dejó caer en la sillita, el médico le miraba con la sonrisa que tienen los médicos al levantarse.
- Se me han inflado los huevos... -se limitó don Juan Luis a decir.

El rostro del médico demudó.
- ¿Alguna operación de vasectomía quizá? ¿Cuándo fue usted operado? Probablemente hace unos días, ¿verdad? Puede tratarse de complicaciones posoperatorias... ¿Ha realizado algún esfuerzo inusual? ¿Constan hernias escrotales en su historial médico? ¿Quién le operó? ¿Por qué? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Qué tono de color tienen sus testículos? ¿Le duele la sutura? ¿Ha cicatrizado?
Korduras miraba al médico con consternación.
- Mire usted –dijo intentando tranquilizarse– un amigo mío...

- ¡Ah! Es usted de esos que para estas cosas prefieren contarlas como algo ajeno, que si “un amigo mío, que se fue de putas y ahora tiene bichitos, ¿qué le digo que se refriegue, doctor?” Hay
muchos como usted...

- Como yo hay muy pocos, Doctor, pero que muy pocos.

El médico hubo que callar.

- Un amigo mío, estando comprando zapatos...
- No veo la relación –el médico insistía en irritar más los testículos de Korduras, que empezaban a tomar el volumen de los de Cabales.
- Cállese –Korduras se enfrentaba cara a cara a la ignorancia. El médico volvió a callar aturdido.
- Estando comprando zapatos, decía, sufrió una alteración en sus nobles partes cuando observó detenidamente a la chica que le atendía y...
- Una erección.
- Exactamente.
- ¿Y qué quiere que yo le haga? Menéesela –el médico entresonreía burlón.
- ¡Oiga! – Korduras estalló por fin.
- Esto no es una casa de putas, es un hospital público.
- Esto es un Servicio de Sanidad, mantenido con los impuestos del ciudadano, y como tal ha de solventar todo problemas físicos o psíquicos que le sobrevenga al mismo, que sufraga los gastos,
que es amo y señor...

Mientras Korduras enlazaba su arenga sobre el Estado aprovechado como mal menor, como servidor del ciudadano explotado, el médico pulsó el botón de alarma, y acudieron así los guardias de seguridad al momento –para mayor sorpresa del médico no acostumbrado a tal
celeridad- y les ordenó que llevasen al enfermo a la Sección de Psiquiatría.
Allí explicó de nuevo Korduras el motivo de su presencia en el hospital. Por supuesto, su encierro preventivo fue ordenado de inmediato.

EL SEÑOR KORDURAS Y SU TIEMPO (1990). CAPÍTULO 6


VI.- DE CÓMO KORDURAS CONOCIÓ A MARY THORNES Y DE LA CREACIÓN DEL SAS SA.

Estando Korduras alojado en el Psiquiátrico por enésima vez, entabló amistad con una enfermera allí destinada. Mary Thornes, que así se llamaba la joven, era hija de un militar británico que arribó a este país en la década de los cincuenta en calidad de agregado en la Embajada de su país, y mantuvo relaciones extramatrimoniales con la señora Condesa de Finojosa, mozuela entonces, conocida por su propensión a realizar piadosas donaciones, su ligereza de cascos y alegría natural. Mary, que por aquel entonces era regordeta y pecosa, y no pudiéndose hacer cargo de ella la madre por razones de imagen social tan al uso, fue acogida por el matrimonio Thornes. Mrs Thornes no dudó en aceptar aquel fruto de su adúltero marido y unió así a su multinacional familia una aborigen de este país, pues se contaba los hijos del matrimonio por los deslices amorosos de su marido en las embajadas donde estuvo destinado, a excepción de uno, que Mr. Thornes creía propio del matrimonio, cosa que Mrs Thornes nunca refutó a sabiendas de que por las venas del muchachito corría más sangre finlandesa que británica.
Se crió así Mary Thornes en un sano ambiente internacional en el seno de su familia, con hermanos tailandeses, nigerianos, y algún que otro canadiense, y otros cuantos que por la diversa étnica del país de origen y la mala memoria de Mr. y Mrs. Thornes, eran de difícil denominación de origen. Eso sí, no podía negarse que fuesen hijos de Mr. Thornes, dados los volúmenes de sus apéndices nasales. Fue toda una suerte que el marinero finlandés que tuvo trato carnal con Mrs. Thornes destacara por la napia. Mary Thornes vivió una feliz infancia y una sosegada adolescencia brincando de país en país –llegando a dominar varias lenguas– y decidió un buen día volver a sus orígenes y tomar nacionalidad, ingresando en el cuerpo de la Seguridad Social dados sus conocimientos en enfermería. Conociendo su ascendencia se propuso reclamar para sí el título de Condesa de Finojosa, para acceder a la cuantiosa herencia de la familia (palacetes, colecciones de pintura y otros enseres) y de paso airear así los trapos sucios de las niñas bien de la alta sociedad. Causó gran escándalo, si bien por ahora el caso aún se encuentra en los tribunales, para variar.

Dada la exquisita educación de Mary Thornes, pronto conectó con Juan Luis Korduras, quedando prendada de él. Las explicaciones de don Juan, sus aventuras y desventuras, la claridad de sus ideas, tocaron el corazón y el cerebro de Mary Thornes, tan bien dotado para el buen uso. Púsole por sobrenombre “Mi señora” una noche de borrachera amorosa, una vez que éste consiguió ser expulsado del Psiquiátrico, demostrada una vez más su lucidez mental. Aunque fuese muy a pesar del Doctor Bloqueatti, al que Korduras con toda cortesía llamó “mastuerzo y germen canceroso de la estupidez humana”, en un arranque de sinceridad.
Por aquel entonces, perseguía don Juan Luis la idea de crear un sistema de satisfacciones personales. Consciente del aumento del número de violaciones y atentados, sobre todo al género femenino, de la insatisfacción personal generalizada en el aspecto sexual, ya en hombres, ya en mujeres; pretendía que dado el caso de que la persona sufriese un acceso de sobreexcitación física, o anímica, de corte sexual, pudiese ésta acudir a un servicio médico, donde el funcionario o funcionaria correspondiente solucionaría y aplacaría esta alteración, todo ello, subvencionado, claro está, por el Estado. Que para lo que se gasta en algunas majaderías no estaría de más que aflojase en estas cuestiones.

Las consecuencias serían inmejorables: se eliminarían las insatisfacciones sexuales (y según ciertos estudios, deberían disminuir las violaciones y agresiones de los brutos machos cuya única resolución es el repugnante asedio y acoso al congénere), se institucionalizaría el noble oficio de la prostitución (gozando los ejercientes de todas las garantías laborales que las leyes otorgan) y dejaría de ser una patente manera de esclavitud. Se conseguiría así, además, cubrir una tremenda laguna sanitaria. No bastó más a Mary Thornes. En sus horas libres organizó el SAS S.A., a la sazón, Servicio de Apaciguamiento de las Sobreexitaciones, Sociedad Anónima, y se dedicó a él en cuerpo y alma. Este Servicio filantrópico bien pronto tuvo eco, se adhirieron otras mujeres (en principio) a realizar tales servicios, ampliándose éstos, al gozar de diversas secciones: masturbaciones, coitos genitales y anales, sexo oral y una interesante sección dedicada al sexo en grupo. Prostitutas de los alrededores se prestaron complacientes a ingresar en el cuerpo del SAS S.A. como liberadas de la organización, manteniendo ésta un sueldo fijo para aquellas. Las fuerzas vivas de la sociedad protestaron enérgicamente, Iglesia y Asociación de Padres Católicas atacaban su inmoralidad; Grupos feministas, su indignidad y “discriminación, hacia la mujer, pues compañeras nuestras entraron en las dependencias el pasado viernes y no pudieron ver satisfechas sus peticiones”. Y la propia Administración, que habla cuando no debe y calla cuando debiese hablar, pretendió la clausura del Centro al entender que era ofrecido un servicio público que sólo ésta podía autorizar. Difícilmente podían ser satisfechas las pretensiones de la Iglesia. Sin embargo, las de los grupos feministas fueron pronto cumplidas cuando se puso en marcha el Proyecto Femenino del SAS S.A., inaugurándose los nuevos locales donde las mujeres podían gozar de dichos servicios.
Se abrió posteriormente el Proyecto Homosexual y el Ambivalente. Y pasado poco tiempo se firmó un concierto de cooperación con la Administración, pasando el SAS S.A. a constituirse como organismo autónomo dentro de la Seguridad Social de Asistencia Sanitaria. Por supuesto, Mary Thornes fue nombrada Directora General del Ente, puesto que actualmente ocupa, a pesar de haber sido ya destituidos tres gobiernos y medio, tres ministros, seis consejeros de Sanidad, cinco directores generales de la Seguridad Social y nueve secretarios y subsecretarios de Higiene y Bienestar. La inteligencia tiene su recompensa, aunque haya de reconocerla los incompetentes.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

CANCIÓN DE LA LUZ

Música: Pedro Soriano
Texto: Alfonso Salazar

Por no tener ni consuelo
se reparten los dolores,
en ciruelas del destino
van nuestros tiempos mejores.

De los limones guardados
en la corva de los dientes
uno sólo me ha quedado
para poder ofrecerte

Luz de las tintas rojas,
luz de las tintas verdes.

Se mueren los capitanes
ya sin barco ni mandato.
A mí me dieron candela
los meses de tus zapatos.

Posible es siempre posible
cuando la cabeza estalla.
Yo sé que tengo una muerte
esperándome en la playa.

Luz de las tintas rojas,
luz de las tintas verdes.

Si desnudo me acribillan
me coloco una coraza.
Que la armadura de viento
sólo protege en las plazas.